Entre neblina y montaña: la historia de Pacheco en Caracas
Cada año, cuando el aire se vuelve más ligero y la neblina desciende desde El Ávila, una frase vuelve a escucharse en Caracas: “¡Llegó Pacheco!”. Más que una expresión popular, se trata de una tradición cargada de historia, identidad y memoria colectiva que conecta a la ciudad con su montaña y marca el inicio no oficial del clima decembrino.
Por Deisy Teran Tosta
La historia de Pacheco nace en las faldas del Waraira Repano, la montaña que abraza a Caracas. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, un floricultor de apellido Pacheco descendía desde Galipán hacia la ciudad para vender flores frescas durante los meses más fríos del año. Su llegada coincidía siempre con una baja notable de la temperatura, convirtiéndose rápidamente en referencia para los caraqueños.
Con el tiempo, la figura de Pacheco dejó de ser solo un vendedor para transformarse en símbolo del frío caraqueño, del encuentro entre la ciudad y la montaña, y del inicio de una temporada que invita a abrigarse, a compartir café caliente y a mirar al Ávila con otros ojos.
Tradicionalmente, se dice que Pacheco “baja” entre finales de noviembre y los primeros días de diciembre, cuando los vientos alisios y la humedad provocan ese clima fresco tan esperado por los capitalinos. No tiene una fecha exacta, pero su llegada suele coincidir con los primeros fríos constantes del año y con el ambiente previo a la Navidad.
Hoy, Pacheco es parte del imaginario turístico y cultural de Caracas. Su historia invita a mirar hacia Galipán, a recorrer sus caminos, a conocer sus posadas, flores, fresas con crema y chocolate caliente, y a reconectar con el valor natural del Waraira Repano como refugio climático y espiritual.
Más que un personaje, Pacheco representa una sensación: el frío en la piel, la neblina al caer la tarde, el aroma del café recién colado y la certeza de que la ciudad entra en una etapa distinta, más íntima y acogedora.
Hablar de Pacheco es hablar de tradición oral, de turismo de montaña y de una Caracas que se reconoce en sus costumbres. Cada vez que alguien anuncia su llegada, se activa un ritual colectivo que recuerda que, aunque la ciudad cambie, hay historias que siguen bajando del Ávila año tras año.

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