Choroní: donde el cuerpo dice “sí” (y la dieta se hace la loca)
Por Deisy Terán Tosta
Confieso algo antes de empezar: yo no viajo para tachar destinos, viajo para sentirme mejor. Para dormir sin alarma, comer sin culpa y caminar sin apuro. Y si además hay mar cerca, sombra generosa y algo frito que huela demasiado bien… entonces estamos hablando de bienestar serio. Del que no viene en frasco.
Llegué a Choroní, uno de esos lugares donde el cuerpo manda y la mente, por fin, obedece. No voy a decir que vine a “reconectarme conmigo misma” porque esa frase ya está muy usada, pero sí diré que aquí uno se sienta, respira… y se le olvida revisar el teléfono cada tres minutos. Milagro tropical.
Dormir también es turismo (y del bueno)
El hospedaje prometía descanso y cumplió. Tanto, que después del almuerzo entré en una siesta profunda, de esas que no sabes si duró veinte minutos o dos horas y media. Desperté renovada, despeinada y feliz. Señal clara de que iba por buen camino.
El aire acondicionado estaba en su punto justo —ni polar ni tímido—, la habitación invitaba a quedarse y la cama era tan cómoda que pensé seriamente en preguntar si estaba incluida en el paquete “me la llevo para mi casa”.
Comer rico también cuenta como autocuidado
Luego vino la parte que más me gusta del bienestar: la gastronomía. Porque sí, una ensalada está muy bien, pero un pescado recién hecho, acompañado de tostones crujientes y una ensalada fresca, también cura.
Pedí algo “ligero” y terminé con un plato que merecía respeto y silencio. El pescado sabía a mar de verdad, el limón estaba en su punto y la salsa tenía carácter. Picaba, pero con educación. Como esas personas intensas que te caen bien.
Aquí nadie te mira raro por pedir postre. Al contrario. Te lo celebran. Y si es un dulce casero o un coco frío frente al mar… mejor todavía. Eso también es salud emocional.
Caminar sin rumbo es una terapia infravalorada
Salí a caminar sin mapa, sin plan y sin apuro. Pasé por el pueblo, saludé sin conocer, llegué a la playa casi sin darme cuenta. Descubrí que en Choroní el tiempo se estira y la prisa se queda en la carretera.
Caminar descalza, mojarse los pies, sentarse a mirar el mar sin hacer nada productivo… todo eso que en la ciudad parece pérdida de tiempo, aquí es ganancia pura.
En uno de esos paseos entendí algo importante: el verdadero lujo no siempre es cinco estrellas, a veces es sombra, salitre y una playa que no te apura.
Epílogo sabroso
Este viaje no me hizo mejor persona, pero sí más descansada, más sonriente y definitivamente mejor alimentada. Y eso ya es bastante.
Así que si están buscando un lugar cercano, real y amable —donde el bienestar no sea una palabra de moda sino una sensación que empieza en los pies y termina en el estómago—, háganse este favor: vayan a Choroní.
Vayan donde el cuerpo diga “sí” y la culpa no esté invitada.
Yo, por mi parte, me voy a repetir el coco frío.
Por salud.
Nos leemos en el próximo viaje

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