Majarete: el postre de mi abuela que ya casi no se ve (y por eso sabe mejor)
Por Deisy Terán Tosta
Voy a decir algo con honestidad: el majarete no es el postre que yo elegiría por antojo. Yo soy más de sabores intensos, de finales contundentes, de esos postres que se hacen notar. Pero el majarete… el majarete juega en otra liga. No compite. No grita. No seduce rápido. Se queda.
Y tal vez por eso me gusta más de lo que estoy dispuesta a admitir.
Recetas de abuela: esas que no salen en Google
El majarete era uno de esos postres que hacía mi abuela. No lo preparaba para lucirse, lo hacía porque tocaba. Porque era parte de la vida, no del espectáculo.
No había recetas escritas, ni medidas exactas. Todo se hacía “al ojo”, “cuando espese”, “cuando huela bien”. Y uno aprendía mirando, esperando, probando con la punta de la cuchara.
Hoy casi no se ve. Y eso lo hace más valioso.
Lo simple también tiene historia
Aunque parezca un postre humilde, el majarete tiene raíces antiguas. Viene de la mezcla de culturas: el maíz de los pueblos indígenas, el coco del Caribe, el papelón heredado de la tradición colonial.
Es un postre mestizo, criollo, nacido en cocinas donde no había lujos, pero sí tiempo.
Antes no se hacía para ocasiones especiales. Se hacía porque había maíz, coco y ganas de reunir a la familia alrededor de la mesa.
Hoy, en cambio, aparece como un recuerdo.
Ingredientes que no presumen, pero mandan
El majarete se hace con lo esencial: maíz, leche de coco, papelón y canela.
Nada sofisticado. Nada extranjero. Nada innecesario.
Y sin embargo, cuando todo se junta, ocurre algo curioso: el resultado es suave, aromático, delicado…
como esas personas que no hablan mucho, pero cuando lo hacen, se les escucha.
Cocinarlo es una lección de paciencia
Preparar majarete no es cuestión de rapidez. Hay que remover, esperar, volver a remover. No admite descuidos ni prisas modernas.
Mi abuela decía que el majarete “se siente”. Si lo apuras, se arruina. Si lo abandonas, se queja. Es un postre que exige presencia.
Como las buenas conversaciones.
No es mi favorito, pero entiendo su poder
No voy a mentir: no es el postre que yo pediría primero. Pero cada vez que lo veo servido, entiendo por qué sigue existiendo. Porque hay sabores que no se comen solo por gusto, sino por memoria.
El majarete es eso: un postre que no busca gustarte, sino recordarte.
Recordarte a las abuelas, a las cocinas sin apuro, a las sobremesas largas, a los tiempos donde nadie estaba mirando el reloj.
Epílogo con cucharada pícara
Tal vez yo no lo elija. Pero tampoco lo ignoro.
Porque el majarete es de esos postres que no necesitan reinventarse para sobrevivir.
Sobrevive porque tiene historia.
Y en un mundo donde todo quiere ser nuevo, eso es casi un acto de rebeldía.
Yo lo pruebo, lo respeto…y lo dejo reposar.
Como las cosas que no se olvidan.
Nos leemos en la próxima receta que ya casi nadie hace

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