Caripe: donde el frío se agradece y el cuerpo camina feliz


Por Deisy Terán Tosta

Hay viajes que empiezan cuando llegas… y hay otros que empiezan cuando bajas la ventana del carro. Caripe es de esos segundos.

La carretera hacia el oriente tiene algo hipnótico. Calor que aprieta, paradas improvisadas, vendedores que aparecen como si siempre hubieran estado ahí, y uno que jura que solo va a estirar las piernas… y termina comprando algo que no estaba en el plan.
Así empiezan los viajes que valen la pena: sin tanta disciplina.

Venía sudando paciencia, con el aire acondicionado trabajando horas extras y el cuerpo pidiendo tregua. Y entonces pasa. La carretera empieza a subir, el paisaje cambia, el verde se vuelve protagonista… y el frío aparece sin anunciarse. No golpea, pero se siente. Como una buena noticia.

Primera parada: respirar distinto

Llegar a Caripe es notar que uno estaba respirando mal desde hace rato. El aire es más limpio, más fresco, más… honesto. El cuerpo lo entiende antes que la mente.

Me bajé del carro, me estiré como si hubiera corrido un maratón emocional y pensé: “ah, era esto lo que necesitaba”.

Caripe no te recibe con ruido. Te recibe con silencio, con neblina tímida y con ese olor a tierra mojada que te hace caminar más lento sin darte cuenta.

Aquí el plan es caminar… aunque uno prometa lo contrario

Uno llega diciendo que quiere descansar. Mentira. Caripe hace que las piernas trabajen. Senderos, miradores, caminos que empiezan tranquilos y terminan recordándote que hace tiempo no subías una cuesta con ganas.

Entrar a la Cueva del Guácharo es otro nivel de viaje. Oscuridad que no asusta, humedad que se pega a la piel, sonidos que te obligan a escuchar de verdad. No es turismo de foto rápida, es experiencia de cuerpo completo.

En un momento, mientras caminaba entre roca y silencio, pensé que hay lugares donde uno baja el volumen interno sin darse cuenta. Este es uno.

Segunda parada: comer con hambre de verdad

Después de caminar, el cuerpo no negocia. Pide comida caliente, café fuerte y algo dulce para justificar el esfuerzo. Y Caripe cumple con una naturalidad envidiable.

Probé una sopa que parecía abrazo, un plato sencillo que sabía a cocina casera y un chocolate caliente que llegó en el momento exacto en que el frío empezaba a ponerse creativo.

Aquí nadie te mira raro por repetir. Todo el mundo sabe que caminar abre el apetito… y también el ánimo.

Dormir sin ruido también es turismo

La noche en Caripe tiene otra textura. Silencio real. Oscuridad que no compite con luces innecesarias. El frío haciendo su trabajo y el cuerpo cayendo rendido sin discusión.

Dormí de esas veces en las que uno no recuerda haber cerrado los ojos. Solo recuerda despertarse con hambre y buen humor. Señales claras de que el viaje va bien.

Epílogo con olor a carretera

Caripe no es un destino para correr. Es un destino para llegar, caminar, comer, dormir… y repetir. Es de esos lugares que no te cambian la vida, pero te acomodan el ritmo.

Y a veces eso es todo lo que uno necesita.

Así que si la carretera te empieza a pedir montaña, frío sabroso y caminatas honestas, hazle caso.
Ven a Caripe.
Donde el viaje empieza en la subida… y el cuerpo decide quedarse.

Comentarios