El duelo también aprende a sonreír


Ha pasado más de un mes desde el terremoto del 24 de junio. Aunque las réplicas de menor magnitud continúan recordándonos que la naturaleza sigue su propio ritmo, muchas de las preguntas que hoy inquietan a los venezolanos ya no tienen que ver únicamente con el movimiento de la tierra, sino con el movimiento de las emociones. ¿Está bien volver a reír? ¿Es normal disfrutar una reunión familiar, escuchar música o planificar un viaje? ¿Soy menos solidario si regreso al trabajo mientras otros todavía enfrentan las consecuencias de la tragedia?

Son preguntas que pocas veces se expresan en voz alta, pero que muchas personas se hacen en silencio.

Cuando una sociedad atraviesa un acontecimiento que cambia la vida de tantas familias, también aparece una especie de compromiso invisible con el dolor. Algunas personas sienten que recuperar la rutina demasiado pronto puede interpretarse como indiferencia. Otras experimentan culpa cuando descubren que, después de semanas de tristeza, vuelven a sonreír de manera espontánea o disfrutan un momento de tranquilidad.

Sin embargo, las emociones no funcionan bajo normas colectivas ni siguen un calendario establecido.

Desde la Programación Neurolingüística comprendemos que cada persona interpreta la realidad a partir de sus experiencias, sus creencias y los recursos emocionales que ha construido a lo largo de la vida. Por esa razón, no existe una única manera correcta de vivir un duelo colectivo. Hay quienes necesitan hablar constantemente de lo ocurrido y quienes encuentran alivio en el silencio. Algunos buscan ayudar desde el voluntariado, mientras otros necesitan recuperar primero su estabilidad emocional para poder tender la mano a los demás.

Todas esas respuestas son humanas. Y todas merecen respeto. Uno de los errores más frecuentes consiste en pensar que seguir viviendo significa olvidar. Pero recordar y avanzar no son acciones opuestas.

Podemos mantener viva la memoria de quienes sufrieron, solidarizarnos con las comunidades afectadas y continuar apoyando a quienes todavía necesitan ayuda sin renunciar, al mismo tiempo, a los pequeños momentos de bienestar que también forman parte de la vida.

La gestión emocional nos enseña precisamente eso: que las emociones no compiten entre sí. El miedo cumple la función de protegernos. La tristeza nos ayuda a elaborar las pérdidas. La incertidumbre nos invita a prepararnos. La esperanza nos impulsa a reconstruir. Y la alegría nos recuerda que, incluso después de la adversidad, seguimos teniendo razones para vivir.

Ninguna emoción invalida a la otra. Es posible sentir nostalgia y, al mismo tiempo, agradecer un abrazo. Podemos preocuparnos por el futuro y disfrutar una conversación con quienes amamos. Podemos llorar una ausencia y sonreír al recordar los momentos compartidos. La vida emocional es mucho más amplia que elegir entre estar bien o estar mal.

Con frecuencia también aparece lo que muchos especialistas describen como culpa por seguir adelante. Esa sensación de volver a disfrutar puede interpretarse como una falta de sensibilidad hacia quienes aún viven el dolor más de cerca. Sin embargo, la solidaridad no se mide por el tiempo que dejamos de sonreír. Se refleja en nuestra capacidad para acompañar, escuchar, ayudar y permanecer presentes cuando alguien nos necesita.

La sociedad tampoco debería convertirse en juez de la forma en que cada persona vive su proceso. Hay familias que necesitarán más tiempo para reconstruirse emocionalmente y otras que encontrarán fuerzas para retomar sus actividades con mayor rapidez. Comparar ambos caminos solo genera una carga adicional sobre quienes ya están haciendo un enorme esfuerzo por adaptarse a una nueva realidad.

Quizá uno de los mayores aprendizajes que deja una experiencia como esta sea comprender que sanar no significa borrar lo ocurrido. Significa encontrar un espacio donde el recuerdo pueda convivir con la esperanza, donde el dolor no desaparezca, pero tampoco se convierta en el único lugar desde donde miramos la vida.

La Programación Neurolingüística nos recuerda que no siempre podemos elegir las circunstancias que enfrentamos, pero sí podemos desarrollar recursos para decidir cómo queremos relacionarnos con ellas. Resignificar una experiencia no implica minimizarla. Implica darle un lugar que nos permita seguir construyendo, aprendiendo y viviendo con sentido.

Porque el duelo no nos pide renunciar a la alegría. Nos enseña que el dolor y la esperanza pueden caminar juntos.

Y quizá ese sea uno de los actos de resiliencia más profundos que una sociedad puede construir después de una tragedia: aprender que seguir viviendo no es una traición a la memoria, sino una manera de honrar la vida que todavía tenemos.

 

Deisy Terán Tosta

Coach de Vida | Especialista en Programación Neurolingüística



 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Orgullo Venezolano: Tradición y talento en la mesa de los futuros chefs internacionales

Capilla de la Virgen Desatanudos en El Hatillo: una promesa cumplida y un destino de fe

Cuando seguir adelante también cansa