La naturaleza también escribe la historia de Venezuela

 


Por Deisy Terán Tosta

Hay quienes recorren Venezuela buscando playas de agua cristalina, montañas cubiertas de neblina o ríos que parecen no tener fin. Yo también. Pero en estos últimos días el país nos recordó otra realidad: la naturaleza no solo crea paisajes extraordinarios, también tiene una fuerza capaz de cambiar vidas en cuestión de segundos.

Entre el 24 de junio y los primeros días de julio, Venezuela vivió una sucesión de fenómenos naturales que hicieron que muchos volviéramos a mirar el mapa con otros ojos. No fue una ruta turística. Fue una ruta marcada por la geografía, el clima y la dinámica natural de un territorio privilegiado y, al mismo tiempo, desafiante.

Todo comenzó el 24 de junio, una fecha profundamente simbólica para los venezolanos. Mientras las costas se preparaban para celebrar a San Juan Bautista con tambores, promesas y procesiones —una tradición profundamente arraigada en estados como La Guaira, Aragua, Miranda, Carabobo y Yaracuy—, dos fuertes terremotos sacudieron el centro-norte del país con apenas segundos de diferencia. El movimiento se sintió en buena parte del territorio nacional y dejó importantes daños en comunidades, infraestructura y patrimonio histórico, especialmente en La Guaira y otras regiones costeras. Organismos internacionales continúan apoyando las labores de recuperación y evaluación de daños.

La coincidencia entre una de las celebraciones culturales más importantes de Venezuela y un evento sísmico de gran magnitud hizo que ese Día de San Juan quedara grabado para siempre en la memoria colectiva. No existe una relación entre ambos acontecimientos; simplemente compartieron la misma fecha. Pero la imagen de los tambores silenciados por unos minutos y de comunidades que cambiaron la celebración por la solidaridad difícilmente será olvidada.

Con el paso de los días, la naturaleza siguió recordando que cada región del país enfrenta desafíos distintos.

En los llanos y los Andes, las intensas lluvias provocaron crecidas de ríos, deslizamientos y afectaciones en importantes vías de comunicación. Estados como Portuguesa, Barinas, Mérida y Trujillo enfrentaron emergencias que impactaron comunidades rurales, zonas agrícolas y carreteras fundamentales para la movilidad del occidente venezolano.

Mientras tanto, en Trujillo, un incendio forestal consumió decenas de hectáreas de vegetación, evidenciando otro de los fenómenos que forman parte de la dinámica ambiental del país durante determinadas épocas del año y que requieren vigilancia permanente.

Paradójicamente, al sur de Venezuela, la naturaleza mostraba otra de sus caras.

En Canaima, el Salto Ángel exhibía uno de sus caudales más impresionantes de los últimos tiempos gracias a las lluvias que alimentan el río Churún. El agua descendía con una fuerza extraordinaria desde el Auyantepuy, recordándonos que el mismo clima que provoca crecidas e inundaciones también mantiene vivo uno de los mayores tesoros naturales del planeta.

Esa dualidad define a Venezuela.

Un país donde las montañas producen buena parte de los alimentos que llegan a nuestras mesas, pero también son vulnerables a los deslizamientos.

Donde los ríos dan vida, aunque en temporadas extremas pueden desbordarse.

Donde el mar atrae visitantes durante todo el año, pero comparte espacio con una costa influenciada por la compleja dinámica tectónica del Caribe.

Y donde la selva protege una de las cascadas más altas del mundo gracias al mismo ciclo natural que, en otros lugares, obliga a comunidades enteras a reconstruirse.

Quizás esa sea una de las grandes enseñanzas que nos deja este recorrido involuntario por la geografía venezolana.

La naturaleza no distingue entre destinos turísticos, pueblos pequeños o grandes ciudades.

Simplemente sigue su curso.

Por eso, conocer el territorio también significa comprenderlo. Entender que vivimos en un país extraordinariamente diverso desde el punto de vista geológico, climático y ambiental, donde la prevención, la planificación y el respeto por el entorno son tan importantes como la admiración que sentimos por sus paisajes.

Quienes amamos recorrer Venezuela sabemos que cada carretera cuenta una historia. Estos días nos recordaron que algunas hablan de belleza. Otras, de resiliencia.

Y todas, sin excepción, nos enseñan que la naturaleza seguirá siendo la protagonista más poderosa de este país extraordinario.


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