Los adultos pueden ayudar a los niños a transformar el miedo

 


Después de un terremoto, no solo los adultos necesitan tiempo para recuperar la sensación de seguridad. Los niños también experimentan miedo, incertidumbre y cambios en su comportamiento, aunque muchas veces no sepan expresar con palabras lo que sienten. Especialistas coinciden en que la forma en que los padres, cuidadores y familiares reaccionan frente a la emergencia influye significativamente en la manera en que los más pequeños interpretan la experiencia y desarrollan recursos para afrontarla.

Por Deisy Terán Tosta, Coach de Vida y Especialista en Programación Neurolingüística

Cuando la tierra tiembla, también lo hace el mundo emocional de un niño

Aunque muchas veces parezcan continuar jugando o retomando rápidamente sus actividades, los menores pueden manifestar el impacto de una experiencia como un terremoto de formas muy distintas: dificultades para dormir, miedo a quedarse solos, llanto sin causa aparente, irritabilidad, necesidad constante de estar con sus padres o incluso la sensación de que el suelo volverá a moverse. Estas reacciones son normales.

Después de una experiencia que rompe la sensación de seguridad, el cerebro infantil necesita tiempo para comprender que el peligro ha pasado.

En un país como Venezuela, donde los terremotos no forman parte de la vida cotidiana, es natural que muchas familias también experimenten incertidumbre sobre cómo acompañar emocionalmente a sus hijos.

Para Deisy Terán Tosta, coach de vida y especialista en Programación Neurolingüística (PNL), los niños no solo aprenden a través de lo que se les dice, sino también de aquello que observan diariamente en los adultos que representan su principal fuente de seguridad.

"Los niños construyen gran parte de su manera de interpretar el mundo observando a sus padres y cuidadores. Si los adultos logran transmitir calma, escucha y contención emocional, los pequeños desarrollan más recursos para afrontar lo ocurrido. No se trata de ocultar las emociones, sino de enseñar que todas pueden expresarse y gestionarse de forma saludable", explica.

Desde la Programación Neurolingüística, el aprendizaje ocurre mediante la experiencia, el lenguaje y los modelos que rodean a cada persona. Durante la infancia, ese modelado cobra una importancia especial, ya que la familia se convierte en la primera referencia para comprender cómo responder ante situaciones difíciles.

Esto significa que los niños aprenden tanto de las palabras como de las acciones.

Si un adulto invalida constantemente el miedo diciendo frases como "no pasó nada", "deja de llorar" o "eso es una tontería", el niño puede interpretar que expresar sus emociones no es seguro.

Por el contrario, cuando escucha expresiones como "entiendo que tengas miedo", "estoy contigo" o "es normal sentirse así después de lo que vivimos", aprende que las emociones tienen un lugar y que pueden atravesarse sin vergüenza.

La gestión emocional comienza precisamente ahí: validando lo que el niño siente. Es importante recordar que ninguna emoción es incorrecta.

  • El miedo protege.
  • La tristeza ayuda a procesar la experiencia.
  • La confusión forma parte de la adaptación.

Incluso el enojo puede aparecer como una respuesta natural frente a un acontecimiento inesperado.

Más que intentar eliminar estas emociones, el objetivo consiste en acompañarlas para que no se conviertan en un obstáculo para el bienestar.

Los especialistas recomiendan, además, mantener las rutinas familiares en la medida de lo posible. Comer juntos, respetar los horarios de descanso, jugar, leer cuentos y compartir conversaciones sencillas ayuda a que los niños recuperen gradualmente la sensación de estabilidad.

También resulta conveniente limitar la exposición continua a imágenes o noticias alarmantes sobre el terremoto, ya que la repetición constante de contenido impactante puede aumentar la ansiedad, especialmente en los más pequeños.

Otra herramienta fundamental es enseñar a identificar las emociones con palabras sencillas.

Preguntas como "¿qué estás sintiendo?", "¿qué parte de tu cuerpo notas diferente?" o "¿qué crees que podría ayudarte a sentirte mejor?" favorecen el desarrollo de la inteligencia emocional y fortalecen la confianza para expresar lo que viven.

Deisy Terán Tosta destaca que uno de los mayores regalos que un adulto puede ofrecer a un niño después de una experiencia difícil es convertirse en un espacio seguro.

"Los niños no necesitan padres perfectos. Necesitan adultos disponibles, que los escuchen, los abracen, respondan con honestidad a sus preguntas y les transmitan que, aunque lo ocurrido fue inesperado, no están solos para enfrentarlo", afirma.



El reciente terremoto también deja una enseñanza para las familias: cuidar la salud emocional de los niños es tan importante como atender su bienestar físico.

Cuando un menor se siente escuchado, comprendido y acompañado, desarrolla herramientas que le permitirán afrontar no solo esta experiencia, sino muchos otros desafíos a lo largo de su vida.

Porque las emociones no deben ocultarse ni minimizarse.

Deben reconocerse, comprenderse y acompañarse.

Y esa es una de las lecciones más valiosas que los adultos pueden enseñar cuando la vida, inesperadamente, decide sacudir la tierra.

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