Potosí guarda bajo el agua la memoria de un pueblo tachirense

 


En las montañas del Táchira existe un pueblo que desapareció de la superficie, pero no de la memoria. Potosí quedó bajo las aguas del embalse Uribante cuando sus habitantes tuvieron que abandonar sus casas para dar paso a uno de los grandes proyectos hidroeléctricos de Venezuela. Décadas después, cuando el nivel del agua desciende, vuelven a aparecer sus ruinas y la torre de la iglesia de San Isidro Labrador, como si el pueblo regresara por unos días para contar su historia.

Por Deisy Terán Tosta

Hay pueblos que desaparecen con el paso del tiempo, otros que se quedan sin habitantes y algunos que, de una manera mucho más particular, terminan bajo el agua. Potosí pertenece a esta última categoría. En las montañas del municipio Uribante, estado Táchira, existió durante décadas una comunidad agrícola que tuvo escuela, comercios, plaza, iglesia, familias y una vida propia, hasta que un proyecto hidroeléctrico cambió para siempre su destino.

Esta es una nueva entrega de “Un poco de historia”, una sección para descubrir esos lugares de Venezuela que tienen algo que contar incluso cuando sus calles ya no están a la vista.

Potosí nació entre montañas y agricultura

Los orígenes de Potosí se ubican hacia mediados del siglo XIX. Algunas referencias locales señalan 1855 como año de fundación, aunque las fuentes históricas no son completamente uniformes sobre esa fecha. Lo que sí está documentado es el crecimiento de la comunidad alrededor de la agricultura y la ganadería, con el café como uno de sus principales productos.

Como muchos pueblos andinos, Potosí fue creciendo poco a poco hasta convertirse en un centro de encuentro para las familias de la zona. Había casas, escuela, comercios y una prefectura, pero también existía un lugar que reunía buena parte de la vida espiritual de sus habitantes: la iglesia de San Isidro Labrador, patrono de los agricultores.

El templo, terminado en 1953, tenía una torre campanario de aproximadamente 26 metros de altura y una estructura de hierro y concreto. Allí se celebraban bautizos, primeras comuniones, matrimonios y fiestas religiosas. Para los habitantes, era mucho más que una construcción: era parte de la identidad del pueblo. Nadie imaginaba entonces que aquella torre terminaría siendo el último gran testigo de Potosí.

El progreso llegó acompañado de una despedida

Durante las décadas de 1970 y 1980 Venezuela avanzó en la construcción del complejo hidroeléctrico Uribante-Caparo. El proyecto contemplaba, entre otras obras, el embalse La Honda y la central hidroeléctrica San Agatón. Pero el territorio necesario para levantar la infraestructura no estaba vacío. Allí estaba Potosí.

Sus habitantes tuvieron que abandonar sus casas para permitir la construcción del embalse. En 1984 se produjo el desalojo y posteriormente las aguas comenzaron a cubrir el territorio donde durante generaciones habían vivido familias tachirenses.

Para Venezuela aquello significaba desarrollo y generación eléctrica. Para quienes nacieron en Potosí significaba dejar atrás la casa, los cultivos, los vecinos, la iglesia y hasta el cementerio donde descansaban sus familiares.

El agua fue cubriendo lentamente las calles y las viviendas hasta convertir al pueblo en una historia sumergida.

La torre que se negó a desaparecer

Cuando el embalse quedó lleno, casi todo Potosí desapareció bajo las aguas. Sin embargo, la estructura de la iglesia de San Isidro Labrador resistió y su torre comenzó a sobresalir sobre la superficie.

Desde entonces se convirtió en el símbolo del pueblo perdido.

Cuando el nivel del embalse sube, la torre apenas puede verse. Cuando el agua desciende, comienzan a aparecer otros vestigios: restos de viviendas, calles y parte del antiguo cementerio.

Eso ocurrió con especial notoriedad durante los períodos de sequía registrados en Venezuela. Entre 2009 y 2010 y nuevamente en 2016, el descenso del embalse permitió observar buena parte de las ruinas.

Para un visitante podía tratarse de un paisaje extraordinario. Para quienes habían vivido allí era algo mucho más profundo: volver a mirar el lugar donde habían crecido.

Algunos antiguos habitantes regresaron para reconocer dónde estuvieron sus casas, dónde estaba la plaza y cuáles eran los espacios que formaban parte de su vida cotidiana. Por unas horas, el pueblo que había desaparecido volvía a aparecer.

Potosí sigue existiendo

Potosí se convirtió con los años en uno de los ejemplos más singulares de pueblos sumergidos de Venezuela y en un atractivo para quienes visitan el Táchira. La imagen de su iglesia emergiendo sobre el embalse ha recorrido el país y ha despertado el interés de fotógrafos, investigadores, turistas y descendientes de sus antiguos habitantes.

Pero Potosí merece ser contado más allá de una fotografía.

Su historia habla de desarrollo, pero también de pérdidas. Habla de infraestructura, pero también de memoria. Y habla de miles de venezolanos que, en diferentes momentos de la historia, tuvieron que dejar atrás sus pueblos para comenzar nuevamente en otro lugar.

Cuando las aguas suben, Potosí desaparece de nuevo.

Cuando bajan, la torre de San Isidro Labrador emerge sobre el embalse y recuerda que allí hubo una comunidad, que allí crecieron familias y que allí existió una vida que no puede medirse únicamente por lo que hoy queda visible.

Quizá esa sea la verdadera historia de Potosí: el agua pudo cubrir sus calles, sus casas y su plaza, pero no consiguió borrar su nombre de la memoria de Venezuela.

Continuará en “Un poco de historia”. 

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